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martes, 24 de junio de 2014

Matutina de Adultos: Junio 24, 2014

La educación en los buenos tiempos de antaño


¿Sabes griego? Hechos 21:37.



Si bien este no pareciera ser un buen texto para un pensamiento devocional, plantea un interrogante.

La educación en los buenos tiempos de antaño no era muy buena. La sociedad no consideraba que alguien era educado a menos que fuese muy culto en griego y latín antiguo, y en la literatura de esos idiomas. La educación tradicional se centraba en los clásicos antiguos.

Una educación tal, por supuesto, no tenía ningún significado para las masas que tenían que trabajar para vivir. Pero, eso no importaba mucho, porque ni siquiera se preveía su educación de nivel primario ni secundario. Por decirlo en términos crudos, la educación formal en las escuelas, durante la mayor parte de la historia, no estuvo abierta a la mayoría, aun en sus formas más rudimentarias. La escolarización era competencia de las clases altas; aquellos relativamente pocos que provenían de un entorno adinerado y nunca se vieron forzados a ganarse la vida.

Al igual que con la salud, la educación de los buenos días de antaño era terrible. Durante más de dos mil años, la educación occidental se había orientado hacia los idiomas antiguos, sus palabras, ideas y los “grandes libros” de su herencia. El mismo prestigio y antigüedad de esta tradición hacía que a los educadores les resultara difícil imaginar propuestas alternativas.

Pero llegó la reforma, que culminó en el siglo XIX, en la misma época en que surgía el adventismo.

En la vanguardia de las reformas educativas de la década de 1830 había personas como Horace Mann, que dirigió la lucha por la educación primaria pública de calidad para cada niño. Mann y sus amigos trataron no solo de poner la educación a disposición, sino también hacer que fuera práctica y saludable. Sabían que no serviría de nada el educar la mente, si el cuerpo de los niños estaba enfermo.

Al frente de la educación superior estaba Oberling College, una institución que en la década de 1830 reemplazó los clásicos latinos y griegos en el currículo, dio relevancia a la cosmovisión de la Biblia y creó un programa de estudio con trabajo manual, con el fin de ayudar a las personas a adquirir habilidades útiles además de aprender de los libros, para asegurarse un equilibrio entre lo mental y lo físico.

“El sistema de educación en este instituto”, reza el prospecto de Oberlin, “proporcionará lo necesario para el cuerpo y el corazón, y también para el intelecto, porque apunta a la mejor educación del hombre integral”.

Las ideas educativas del adventismo no surgieron en el vacío. Aún hoy, siempre podemos aprender de la cultura mayor, al evaluar las tradiciones y las prácticas desde la perspectiva de la cosmovisión bíblica.

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